En un país en que la cultura se divide en tantas subculturas y ciudades – cada una con su propio dialecto, su propia historia y su propia cocina- no es sorprendente encontrar un postre especifico para cada ciudad principal. Por si esto fuera poco, Italia tiene también las versiones locales de cada tipo de postre. En otras palabras, las galletas milanesas son completamente diferentes de las galletas romanas y totalmente ajenas a las sicilianas – ya la lista no acabaría nunca. Algunos de ellos son, obviamente, más famosas que otras. Un ejemplo son los cantucci di Siena (o de su vecina Prato: las dos ciudades se pelean por poseer la receta desde hace siglos, y no pararan nunca) típicos de la zona y tradicionalmente navideños.

Los cantucci son galletas muy duras, pensadas para ser mojadas en algún líquido para hacerlas más blandas. Normalmente, el líquido en questión suele ser un vaso de vin santo, un vino fortificado (licoroso) local que toma su nombre del ritual de comunión durante la misa de domingo. Comer los cantucci sin este vino se considera algo verdaderamente extraño – y muy peligroso para vuestros dientes. El secreto de los cantucci es que están creados con un corte diagonal, de una preparación similar a la del pan apenas salen del horno. El cambio térmico carameliza la superficie endureciéndolas. El interno, sin embargo, permanece crujiente por la enorme cantidad de avellanas y almendras que las hace de una consistencia única.

La receta original de los cantuccini nace el 1691 y actualmente se conserva en una caja fuerte del estado como tesoro nacional. Es divertido, no obstante, que la mayor parte de los cantuccini que se encuentran en circulación actualmente, se elaboren según una variante de la receta del siglo XIX que las hace más dulces y aromáticas. Así pues, para probar los cantuccini originales es necesario visitar las pastelerías de Siena, donde se puede encontrar desde la versión original, la versión moderna, con chocolate o fruta endulzada en sustitución de las almendras.




