

Todo empezó en la prehistoria, cuando los hombres comenzaron a envolver sus pies en la piel de los animales con el fin de protegerlos. Los griegos y los romanos, como lo demuestran los numerosos frescos, protegían sus pies con sandalias, construidas básicamente con cuero. Por otro lado, en la Edad Media, la madera y el cuero se generalizaron, mientras que en el siglo XV en Europa tendía a estar hecha de tela y con forma puntiaguda. Finalmente, en el siglo XVII, se crearon los primeros zapatos de tacón alto y las primeras botas. Aparte de ser utilizados para cubrir los pies, los zapatos pronto se convirtieron en una manera de exhibir la grandeza y el poder económico. El mejor calzado en el mercado estaba reservado a las familias acomodadas, talentosos artesanos que trabajaban en sus pequeños talleres donde, junto con la colaboración de jóvenes aprendices, preparaban las materias primas y las convertían en zapatos.

En los últimos años, sin embargo, ha habido un renacimiento modesto de esta antigua profesión en el Belpaese. En un momento de crisis económica como la que estamos atravesando actualmente, el trabajo de zapatero parece estar haciendo un regreso modesto. Según las encuestas realizadas en los últimos años por algunos periódicos italianos importantes, parece que los jóvenes están volviendo a descubrir los antiguos oficios del pasado con gran placer y, entre ellos, la popular profesión del zapatero. Por otro lado, la búsqueda de un zapato hecho a medida para la clase alta se ha difundido enormemente entre la alta sociedad. Sin embargo, no son los únicos, ya que esta nueva tendencia parece ser ampliamente extendida: descubrir las virtudes de la artesanía y empezar a olvidar el zapato industrial anónimo.



