En diversos pueblos de la Italia Nor-Oriental (entre ellos Venecia) el seis de enero, Fiesta de la Epifanía, existe la tradición de quemar la vieja simbolizando el año transcurrido.
Este ritual tiene origines antiguos y hace referencia al respeto por la tierra que muchas civilizaciones agrícolas tenían: quemando a la bruja se celebra la victoria del buen tiempo en contraste con el frio invierno, procurando fertilidad a los campos. La conexión con los ritos paganos en este caso, es evidente, y probablemente data del décimo o sexto siglo a.C.

La vieja que se quema es una marioneta trasportada por un carruaje acompañado por todos los niños que animan la triste atmosfera de la Cuaresma. La marioneta de madera lleva en las manos instrumentos para coser (un “fuso” y una “conocchia”) y lleva consigo misma ramos de uvas, higos secos, castañas, algarrobas, manzanas y pequeños regalos que deja a los pueblerinos antes de ser quemada. Todo esto como símbolo del año viejo que se va, dejando sin embargo las semillas del nuevo que vendrá. Durante el desfile, puerta a puerta, se recogen todos los rencores del año pasado.
Una vez la bruja ha recogido todos los males recuerdos del año transcurridos, la condenan en un campo no cultivado.

La conexión con la cultura pagana y la coincidencia con la Cuaresma han sido criticada por la iglesia, la cual toma este ritual como una obra de Satanás – ya que coincidiendo con la Cuaresma, parecía interrumpir su carácter puro-. Por consiguiente, el cambio entre el proceso de la bruja con las copiosas comidas del carnaval, con la resultante glorificación de la purificación y la abstinencia de la muerte, destino final del hombre.
